Crisis ambiental global Por Pablo Lorenzo Castro
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Crisis ambiental global Por Pablo Lorenzo Castro

Crisis ambiental global, un debate abierto que demanda urgente la toma de conciencia colectiva, la redefinición de una mirada científica de la problemática y la puesta en acción de políticas sostenibles.

LRT809 Elite FM 101.5 & Online | 29 ago 2017


La sociedad actual atraviesa una encrucijada cognitiva que obliga a repensar las acciones perjudiciales que el hombre ha protagonizado desde su aparición en la Tierra, como especie dominante sobre el planeta.

Entre las manifestaciones humanas más sobresalientes, dada por su escala espacial de incumbencia y grado de complejidad, cabe distinguir el conjunto de aquellas que generaron la crisis ambiental global y ponen a la sociedad humana en el centro de un debate, como única responsable y, a su vez, esperanza de revertir este caos de la cual ningún morador del planeta puede permanecer indiferente.

Desde tiempos prehistóricos hasta tiempos actuales, el hombre y sus acciones de supervivencia, iniciaron un proceso de aprovechamiento de los recursos naturales y transformación del planeta que nunca se detuvo y se intensificó por varios factores en tiempos contemporáneos.

Entre los hechos prehistóricos que iniciaron la marca ecológica sobre la Tierra, corresponde mencionar, la depredación por prácticas nómades, el dominio del fuego, la agricultura y domesticación de animales.

Estas últimas prácticas, dieron origen al nacimiento de asentamientos humanos que evolucionaron desde pequeñas aldeas a ciudades propiamente dichas.

Es a partir, de los últimos 200 años, que las acciones antrópicas, dadas por su capacidad de transformación e impacto ambiental, han acelerado el desequilibrio ecológico.

Dado por los avances en la medicina, hoy el planeta soporta la presión de un crecimiento demográfico que no se detiene y pone en riesgo la supervivencia de muchas sociedades, en especial de aquellas, cuya concentración es insustentable.

Hay que agregar a ello, la disponibilidad de tecnología de avanzada con gran capacidad de explotación y transformación del espacio geográfico sin precedentes, como así también, la vigencia de un modelo económico (Capitalismo) que favorece prácticas de consumo que ponen al límite la disponibilidad de los recursos naturales.

Enrique Leff (2004), sostiene que “la crisis ambiental es el síntoma –la marca en el ser, en el saber, en la tierra- del límite de la realidad fundada en una creencia insustentable: la del entendimiento y construcción del mundo llevado por la idea de la totalidad, universalidad y objetividad del conocimiento que condujo a la cosificación y economización del mundo”.

Es indudable que hoy la problemática ambiental, aparte de ganar la atención de la opinión pública, cobra relevancia y gana espacios de debate en reuniones académicas, como así también la preocupación de políticos y habitantes en todo el mundo.

Hoy, la comunidad científica, plantea y posiciona con firmeza la aceptación de considerar a la simplificada y fragmentada cosmovisión científica de la realidad, como una de las causas importantes de la desestabilización ambiental que hoy sufre el planeta.

Esto remite a considerar el contexto histórico de mediados del siglo XIX, que da cuenta de un desarrollo científico condicionado por un modelo económico emergente (Capitalismo), que prescindía de poner los conocimientos académicos alcanzados al servicio de naciones hegemónicas para afianzar su poder y dominio a nivel planetario.

Es así, como sostiene Antonio Brailovsky (1993), que la división social del trabajo, instaurada por el modelo fordista, llevó a la especialización de la ciencia. Esto significó cortar el conocimiento en multiplicidad de pedazos, cada más pequeños.

La ciencia es concebida como una fábrica y el hombre culto del siglo XIX es reemplazado por el especialista.

“La respuesta de la ciencia ante la complejidad del mundo fue compartimentarse en disciplinas cada vez más aisladas unas de otras. De este modo, se formaron los especialistas, definidos a veces como “aquellos que saben casi todo acerca de casi nada”, ya que para profundizar sus conocimientos tienen que reducir cada de vas más su campo de acción. Y, generalmente, sin tener ni la menor idea de lo que estaban haciendo los que se ocupaban de otros campos del conocimiento” (Brailovsky, 1993).

Continuando con el respaldo de A. Brailovsky (1993), cabe agregar que con la especialización de la ciencia, se alcanzaron entre otros logros, la invención de tecnología de avanzada y progresos asombrosos en la medicina, pero perdimos la visión de conjunto del mundo, dado por una ciencia ocupada en absorber trazos de la realidad en vez de abarcar totalidades.

Simplificando lo hasta aquí expuesto, queda claro que los esfuerzos científicos realizados para mejorar las condiciones de habitabilidad de la sociedad no han sido los adecuados, hasta entonces. En referencia a esto y respaldando lo comentado,

Leff (1986) y Soddy (1993), subrayan en común el condicionamiento del modelo capitalista a la labor científica.

Sostienen el desarrollo de una ciencia al servicio de un pensamiento económico hegemónico y no en pos de una sociedad más igualitaria y en favor de una mejor calidad de vida y ambiental. Sin lugar a dudas, esta situación no permite alcanzar, sobre todo a sociedades más postergadas, un genuino desarrollo sostenible.

“Es a partir, de los años sesenta, la interdisciplinariedad y las teorías de sistemas aparecieron como las vías más certeras para articular un conocimiento fraccionado del mundo. Al mismo tiempo se fue configurando un discurso en torno al desarrollo sostenible, el cual busca actualizar y unificar las visiones del mundo conmovidas y dislocadas por la crisis del desarrollo y el límite del crecimiento económico. En la perspectiva de la sustentabilidad reemerge la idea de futuro –de un futuro sustentable- en el campo de la historia, de un proceso de transformación social orientado por una ética solidaria transgeneracional” (Leff, 2004).

“El discurso del desarrollo sostenible se ha dado en unos principios que deberían orientar las acciones para alcanzar los fines de la sustentabilidad. Así llega a formularse la idea de un “futuro común” como el “saber de fondo” en el que se inscriben los Principios de Río (1992), la Carta de la Tierra (2000), la Agenda 21 (1992) y el más reciente Plan de Implementación de Johannesburgo (2002). Los documentos en los que se plasma este ideario –con problemas a resolver, mecanismos a establecer y fines a alcanzar, conforman una bitácora programática de acciones a emprender, de políticas a desarrollar, de comportamientos a modificar. Mas estos principios no alcanzan a constituir una ética, una deontología, una racionalidad práctica o una ruta crítica para alcanzar fines de sustentabilidad” (Leff, 2004).

La sostenibilidad hoy se configura como una acción transversal a cualquier otra y se posiciona como la alternativa medular para redefinir nuevas estrategias de desarrollo que direccionen el rumbo de la sociedad hacia horizontes más prometedores. “La construcción de un futuro sostenible implica pensar la apertura de la historia, el desujetamiento del orden cosificador y sobreeconomizador del mundo. Apunta hacia la creatividad humana, el cambio social y la construcción de alternativas. Es ello lo que lleva a pensar la apertura de lo mismo hacia lo otro” (Leff, 2004).

Por todo ello, la racionalidad ambiental es aceptada como una práctica posmoderna imprescindible a ser promovida a multiescala y en aspectos diversos que directa o indirectamente involucran la temática ambiental.

En definitiva, hoy se configura como una cuestión planetaria que exige la toma de conciencia colectiva y que, a partir, de una permeabilidad creciente en el tejido social, busca el cambio de actitud y la práctica diaria de conductas más favorables en relación a la preservación del medio ambiente.

Pablo Lorenzo Castro.

Profesor y Licenciado en Geografía

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